Hubo un tiempo, allá por 1962, en que Castellón era un gigante dormido del vino. Con 60.000 hectáreas de viñedo, más de lo que hoy tiene La Rioja, sus tierras producían alcohol y volumen para medio mundo. Hoy, de aquel océano de vides apenas quedan 900 hectáreas, pero lo que se ha perdido en cantidad se ha ganado en alma.
Este lunes, el Celler de PROAVA, en el corazón del barrio del Carmen, ha abierto sus puertas para demostrar que el vino de Castellón no solo ha sobrevivido, sino que ha mutado en algo "único y sorprendente". De la mano del enólogo Juan Manuel Gonzalvo y el viticultor (y arquitecto) Román Rivas, los asistentes hemos recorrido la provincia a través de copas que huelen a hidrocarburo, miel y mucha historia.
El renacer de los gigantes de piedra
El viaje comenzó en San Mateu, la capital histórica del Maestrazgo, donde lo que antes era una cooperativa masiva capaz de albergar 14 millones de kilos de uva, hoy es un templo del enoturismo: Besalduch Valls.
"Es un proyecto de poderío, un edificio noble restaurado que es museo y restaurante de lujo", explicaba Gonzalvo mientras presentaba el Guillem Deris, un Sauvignon Blanc con notas de "gasolina y fósforo" que recordaban a los grandes blancos de Alsacia. Es la cara más señorial de una provincia que utiliza su pasado cooperativista para mirar al futuro, convirtiendo antiguos depósitos de hormigón en salones de degustación donde el vino es la excusa para quedarse a vivir el paisaje.
Microbodegas: el corazón contra la burocracia
Si San Mateu es la fuerza, la Sierra de Espadán es el sentimiento puro. Allí, en el pequeño pueblo de Aín, donde solo viven 60 personas en invierno, Román Rivas y Ainhoa Buigues han levantado el Celler de la Ibola en lo que antes era una granja de conejos.
"Nosotros lo hacemos de corazón, con esfuerzo y familia", confesaba Román. Su apuesta es casi una locura romántica: rescatar el Xarello que el "tío Ramón" conservaba de milagro bajo el Pico Espadán. El resultado es La Mirada de Amaya, un vino blanco con cuerpo de tinto, notas de frutos secos y una honestidad que "se nota en cada trago". No buscan millones de botellas —apenas sacan 4.000—, buscan que la gente "vuelva a Aín", que escuche música entre barricas y que el corcho, extraído de los alcornoques de la propia Sierra, sea el vínculo final con la tierra.

La piel de la uva como secreto
La jornada alcanzó su madurez con una rareza absoluta: una Cariñena Blanca de L’Estanquer fermentada en barrica. "En el blanco, tradicionalmente se tiraba el 90% de las posibilidades al desechar la piel; ahora buscamos esa sustancia macerando con ella" , detallaba el enólogo ante un vino de color intenso y notas de miel.
Pero el viaje no terminó ahí. Tras descubrir los secretos de los blancos de guarda, las copas se tiñeron de rojo para dar paso a los vinos tintos de estas mismas bodegas. Fue el cierre perfecto para una mañana que no fue solo una degustación técnica, sino un manifiesto de resistencia. Porque, como se dijo entre vinos, lo más importante es que el vino "invite al siguiente trago". En Castellón, las botellas han vuelto a hablar y, tras lo visto hoy, tienen mucho que contar.